Una terapia psicológica es un proceso que debería tener comienzo, desarrollo y fin. Si bien es imposible determinar con exactitud cuánto durará, lo lógico es que haya una manera de saber cuán cerca estamos del final. ¿No?

Por este motivo, en terapia conductual funcionamos mediante objetivos y registros (entre otras cosas). Utilicemos una metáfora: cuando alguien va a cocinar se plantea un objetivo (hacer este plato o este otro) y va registrando lo cerca que está de cumplir el objetivo (si ha hervido el agua, si ha cortado las zanahorias, si ha añadido especias…). Cuanto más de estos “hitos” ha cumplido más cerca está de cumplir el objetivo y, con ello, dejar de cocinar.

Pues, salvando las distancias, una terapia psicológica es igual. Junto al cliente, se plantean en las primeras sesiones unos objetivos generales que se pretenden cumplir. Para ello se marcan (de manera explícita si es necesario) los “hitos” que nos informarán de si estamos avanzando en la dirección correcta. Por ejemplo, si alguien tiene problemas a la hora de hablar en público un hito podría ser el que aparezcan con menor frecuencia pensamientos catastrofistas. Una persona que quisiera aprender a expresar sus sentimientos tendría que aumentar la frecuencia de veces que dice unas expresiones determinadas. A alguien con bajo estado de ánimo probablemente le pautaríamos un aumento de actividad, desde lo más asequible a lo más complejo.

Marcar unos objetivos durante las primeras sesiones resulta de gran utilidad para medir el avance de la terapia.

Todo ello, además, es registrable. El cliente puede apuntar cuántas veces piensa en una u otra cosa, o cuántas veces ha salido de casa (y quizá también el tiempo que ha estado fuera), o cuántas veces ha dicho “me caes genial” por semana. De hecho, antes de plantear la intervención habrá habido una medida de la línea base de comportamiento; o sea, le habremos pedido al cliente que registre esas cosas para poder comparar con lo que ocurra durante la intervención.

Si, antes de empezar la fase de tratamiento, la frecuencia de pensamientos catastrofistas era de 5 episodios por semana, sabremos que vamos por buen camino si en el último mes ha habido un total de 4. Y, con ello, sabremos si es momento de ir acabando la terapia.

Todo esto es más robusto aún si ha habido, por parte del terapeuta, una explicación de cómo se adquirió el problema por el que se acude y qué lo mantiene a día de hoy. A veces es casi imposible saber cómo se generó un problema, porque la información es escasa o está demasiado fragmentada; pero para saber por qué se mantiene a día de hoy es imprescindible que haya una buena evaluación, ya que la información está ahí y debería ser accesible.

Para ayudar a medir los avances, lo más habitual es utilizar registros de conducta.

Respondiendo entonces a la pregunta “¿cómo sé si está funcionando mi terapia?”, es fácil si hay lo siguiente:

  • Objetivos de intervención.
  • Registro de comportamientos.
  • Razonamiento por parte del psicólogo/a sobre cómo se ha adquirido el problema (cuando sea posible) y qué lo está manteniendo en la actualidad.

Por supuesto, además de lo anterior es relevante que haya una sensación subjetiva de mejoría. Esto a veces es un problema, especialmente con personas que tienen un autoconcepto negativo de sí mismas (baja autoestima); aunque haya avances objetivos, la persona “se ve incapaz de percibirlos” y será una cuestión importantísima que solucionar. De poco sirve ayudar a una persona si, al final, no se siente mejor.

Si quieres saber más, te invitamos a leer cómo funcionamos en ITEC.

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