Comer es una conducta compleja como ocurre con el comportamiento humano, en general. Cuando intentamos entenderlo y analizarlo, la interacción de factores que lo explican a menudo hace difícil que, con un sencillo concepto, podamos dar cuenta de todos los procesos implicados. Aunque pensemos que comemos únicamente para eliminar el hambre, lo cierto es que la comida cumple muchas más funciones, comer tiene también el gran poder de generar emociones. Empleamos la comida con múltiples objetivos: para disfrutar, para calmar nuestra ansiedad, para sentir control, para adecuarnos mejor a los cánones de belleza que persigamos…

¿Qué es el famoso comer emocional?

Una de las funciones que puede cumplir la conducta de comer tiene que ver con modificar o alterar un estado emocional en el que nos encontramos, a eso llamaríamos  “comer emocional”. ¿Es raro? ¿Sólo me pasa a mí? ¿Eso explica todas las dificultades que tengo para controlarme comiendo? No, en absoluto.

Primero, a todas las personas nos pasa, a todas.  ¿Por qué? Porque los comportamientos se desarrollan y se mantienen por una serie de leyes que, resumidamente y muy en grueso, tienen que ver con que dicho comportamiento nos funcione para algo, cumpla una función. El comportamiento de comer emocional se mantiene, entonces, porque de alguna manera nos sirve para algo en un momento concreto: sentir tranquilidad, sentir placer, entretenernos, olvidar cosas desagradables… Es muy difícil que nunca hayamos empleado la comida con este fin o que, sin tener este objetivo, haya ocurrido igualmente que me haya servido para sentirme mejor. Digo que es prácticamente imposible que ninguna persona haya experimentado este aprendizaje porque vivimos bombardeados constantemente de situaciones e interacciones que nos «obligan», de alguna manera, a asociar la comida de esta manera. En los medios encontramos una clara relación entre: felicidad, celebración, éxito, placer — comida poco saludable; en nuestro día a día también ocurre que comemos ciertos alimentos, cuando quereos celebrar, cuando hay grandes eventos, etc. Por ello, a lo largo de nuestra historia de aprendizaje es muy probable que hayamos vivido situaciones en las que comemos y nos sentimos bien; vemos comer y vemos que se encuentran mejor, disfrutan, se calman…

¿Y acaso no hay otra forma de obtener estas sensaciones por otros medios que no son la comida? Sí, por supuesto, pero normalmente ocurren dos cosas: 1. La comida es mucho más accesible, la tenemos muy muy presente y suele ser más fácil alimentarse que las otras conductas que me permitirían obtener esas sensaciones; 2. No siempre tenemos estrategias alternativas a comer que nos permitan alcanzar nuestro objetivo (calmarnos, manejar emociones, pensamientos…).

Pero ojo, el “comer emocional” no explica todo, no pretendamos atribuirle méritos que no le corresponden. Tiene una fama inmerecida porque es fijarnos únicamente en una de las múltiples funciones  cumple la conducta de comer (generar emociones) y magnificarla. Por supuesto que el comer emocional existe, entendido como lo venimos describiendo y es un aspecto importante a trabajar. Sin embargo, no es la única razón por la que comemos sin hambre. Decir que mis problemas de alimentación = comer emocional, es hacer un análisis parcial, al que incluso a veces se le atribuyen más causas de las que le pertenecen.  “A mí lo que me pasa es que como por ansiedad”, cuántas veces hemos escuchado esta frase y detrás de “ansiedad”, hay de todo menos ansiedad.

También podríamos dar la misma fama al “comer situacional” o al «comer social» de hecho, os propongo que lo hagamos. Igual de relevante es este análisis, desde una perspectiva psicológica, para entender por qué comemos sin hambre. Muchas veces comemos, sencillamente, porque hay elementos ricos delante o porque siempre hemos comido así cuando estamos con esas personas o en ese tipo de citas o eventos. Ni me apetece comer especialmente ni hay una emoción en particular que regular, simplemente lo hago porque está automatizado, se desencadena fácilmente ante esa situación.

Desde luego, esto de que un comportamiento cumpla diversas funciones no nos pasa sólo con comer, nos pasa con muchos otros comportamientos, nos pasa todo el tiempo. Podemos tener sexo simplemente porque estamos aburridos, podemos fumar sencillamente porque estamos en la parada del bus y siempre fumamos cuando estamos allí, podemos drogarnos simplemente por evitar la vergüenza de decir que no a unos amigos…y millones de ejemplos más.

A veces pensamos que debe haber una correspondencia entre la función que pensamos que debería tener un comportamiento y la que realmente tiene, y no. Por ejemplo: “no es normal comer si uno no tiene hambre”.

Bien, esto puede ser lógico para algunas personas pero el comportamiento no sigue las leyes de la lógica sino del aprendizaje. El comportamiento se va a dar por una serie de razones que no solemos comprender; no somos científicos del comportamiento, simplemente nos comportamos y aplicamos las leyes de la lógica para poder darnos a nosotros mismos una respuesta. Por muy lógico que me parezca no comer si no tengo hambre, lo cierto es que cuando he comido eso que me gusta  sin hambre, lo he disfrutado muchísimo igualmente y son esas consecuencias las que funcionan y no lo que me parece a mí que debería ser.

Y, después de esta introducción interminable, que, en parte es una lucha personal constante por aproximaros una psicología de calidad y romper con modas que no nos hacen avanzar, vamos con algunas claves para enfrentar ese comer emocional, situacional…

1º Obsérvate y conócete.

Analiza tus sensaciones, no siempre somos muy conscientes de qué estamos sintiendo y necesitando. Puede que no se te dé bien diferenciar el hambre de otras sensaciones, al final, es un proceso de aprendizaje que puede que no hayas experimentado de forma muy intensa. Puedes aprender a hacerlo.  A veces ayuda a diferenciar el preguntarte si te comerías cualquier cosa (no apetecible) o sólo tienes hambre de patatas fritas. Por supuesto, anotar lo que “rodea” estas sensaciones me puede ser útil ¿siempre que estoy cansado? ¿Siempre que he discutido? ¿Cuándo he tenido un día duro?

2º Simplemente para un tiempo.

Si tienes ganas de comer y no sabes bien la razón espera. Parar a veces nos da el margen suficiente para darnos cuenta de algo o poder decidir, pero necesitamos un margen. Esperar es abrir la oportunidad a poder analizar, poder decidir qué quiero hacer y de paso, darme cuenta de que no era hambre porque ya no me apetece tanto…

3º Cambia comer por otras cosas.

En ese momento, prueba a entretenerte intensamente, prueba a calmar las emociones de otra manera, prueba a hablar con alguna persona que te ayude cuando tienes preocupaciones…o las estrategias que suelas emplear habitualmente cuando algo no va bien que no sean la comida. Seguro que es más costoso ponerlas en marcha…pero sólo las primeras veces. Además de cambiar comer por hacer otras cosas en el momento clave en que te apetece, realmente deberíamos diseñar un cambio de hábitos algo más robusto en el que la comida dejara de tener la relevancia que tiene: deja de premiarte con comida, deja de celebrar con comida, dejar de dedicar todo tu ocio a ir a comer a sitios…Así también conseguiremos que el comer no tenga tanto poder en nosotros.

4º Elige y disfruta.

Tú decides si quieres comer o no en ese momento por la razón que sea. No es necesariamente malo el “comer emocional” o el “comer situacional”, no solo no es malo sino que es inevitable. Si no aceptas que es inevitable, la frustración y el malestar estarán asegurados. Sé consciente de cuándo lo haces y las razones, y elige hacerlo con todas las consecuencias y permitiéndotelo. Ya que lo haces, disfrútalo. Lo elegiste, luego no digas que estuvo mal.

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