Es muy habitual oír hablar de: anorexia, bulimia, trastorno por atracón… Sin embargo, la etiqueta o el nombre bajo el que se clasifican los problemas no siempre nos da una información adecuada. Además, es muy común encontrar problemas que no encajan claramente con una de estas etiquetas y que tienen una mezcla de varios de ellos: personas que reducen su ingesta de alimentos en gran medida pero que también vomitan en algunas ocasiones; personas que se obsesionan por la comida y tienen períodos de atracón y después lo unen a ejercicio excesivo… personas que vomitan cada ingesta de alimentos pero que no tienen atracones o personas que únicamente hacen un ejercicio excesivo con el fin de adelgazar… Existen tantos tipos de problemas de alimentación como comportamientos problemáticos o desadaptativos en relación a la comida.  Más que conocer el nombre del problema de alimentación, lo interesante es conocer cómo la persona ha desarrollado el problema y por qué se mantiene en su caso particular.

A continuación, te contamos cuáles son los comportamientos y reacciones más habituales en problemas de alimentación y cómo se mantienen:

Reducir la ingesta de alimentos

Parece sensato, ¿no? Si como menos, adelgazaré. Fácil y claro.

Monumental error.

Uno de los errores habituales en los problemas de alimentación es tener en cuenta comportamientos de manera aislada, sin el contexto general. En la reducción de ingesta (o restricción) esto se ve clarísimamente. Si lo vemos desde una perspectiva aislada, probablemente comer menos provocará adelgazamiento; pero eso implica olvidarnos del hambre, la habilidad y motivación por cocinar, la disponibilidad de alimentos sanos, la existencia de otros estímulos agradables, etcétera. Seguro que lo has vivido alguna vez: has restringido la ingesta, has acumulado varios días de hambre cada vez más intensa y has acabado teniendo un atracón, que te hace sentir extremadamente culpable y te genera emociones aversivas. Es por ello que la restricción de ingesta, por sí sola, es potencialmente desastrosa y nunca debe ser tomada a la ligera.

Obsesionarse por la comida

Contar calorías. Pensar constantemente cuándo y cómo va a ser la próxima ingesta. Hacer de la comida el centro de nuestra vida. Dejar de salir con gente por no poder controlar dónde vais a cenar. Poco a poco pueden surgir obsesiones que irán deteriorando nuestra calidad de vida. Etas obsesiones están ahí porque indican qué camino es el “adecuado” para cumplir tu meta de bajar de peso; de hecho, al principio pueden ser pensamientos totalmente adaptativos (conocer los ingredientes de un producto es algo muy adecuado). Sin embargo, aquello que funciona tiende a aparecer más, y si no ponemos límite a estas instrucciones podrían acabar convirtiéndose en auténticas obsesiones que, si bien pueden guiarte hacia el control de la alimentación, pueden acabar con todo lo demás (vida familiar, social y de pareja, ocio, trabajo, etcétera).

Obsesionarse por la imagen corporal

Medir constantemente cambios en la imagen. Pesarte a diario, quizá dos veces. Medirte  el grosor de ciertas partes del cuerpo. No parar de mirarse al espejo. De forma similar a la obsesión por la comida como tal, es muy frecuente que en la sociedad occidental haya una preocupación patológica por la imagen corporal (especialmente en mujeres). Existe una fuerte presión social para encajar en un ideal de belleza inalcanzable, que provoca no pocos problemas relacionas con el peso y la imagen corporal. Suelen surgir ideas como “nadie me querrá si no estoy delgada” o “soy una fracasada por estar gorda”. No sólo eso, sino que ante la bajada de peso el entorno suele reaccionar con comentarios positivos y felicitaciones. Lo que puede empezar como un adelgazamiento por salud podría convertirse en un problema psicológico al creer, erróneamente, que la valía de una persona está en su físico y que cualquier mínima desviación en la comida o el ejercicio puede hacer que engorde otra vez.

Tener “alimentos prohibidos”

Es habitual que las dietas propongan una serie de alimentos que no deben ser consumidos bajo ningún concepto. Esto tiene el efecto de aumentar el interés que se siente por dichos alimentos, acabando en un probable episodio de descontrol. Por ello es importante tener clara la diferencia entre “nunca comas de esto” y “come esto un número muy limitado de veces a la semana”; de hecho, durante una terapia psicológica se puede hacer una reducción progresiva de la ingesta de dichos alimentos que no acabe en descontrol.

Distorsiones cognitivas

Ya lo hemos mencionado en otros apartados, pero en el control de la alimentación es esencial prestar atención a qué piensa la persona sobre determinados asuntos. Hay muchos pensamientos irracionales derivados de la presión social, como los comentados antes (“nadie me querrá si estoy gorda”, “sólo puedo ser feliz si soy delgada”), y estos pensamientos tienen un poderoso efecto en la relación que tenemos con la comida. Se mantienen porque generan certidumbre y son coherentes con una visión sesgada de la realidad, pero a menudo son una importante fuente de sufrimiento y el primer paso hacia el control o descontrol extremos.

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