¿Puede ser disfuncional el comportamiento?

 

Con frecuencia solemos escuchar términos como “la persona con esquizofrenia presenta una disfunción en su regulación cognitiva”, o “la persona con depresión tiene comportamientos disfuncionales”. Esta terminología, referida al comportamiento observable, o los procesos supuestamente subyacentes a estas personas, se suele dar por válida como si fuese evidente en sí misma y, por supuesto, pertinente. Esto parece ser así porque, incluso si tomamos una definición desmedicalizada de los problemas psicológicos, se aparenta como obvio que “hay algo mal funcionando” en una persona que no expresa adecuadas habilidades sociales, o que percibe multitud de situaciones como un peligro. Sin embargo, desde una perspectiva científica y escéptica, habría que ser críticos con las explicaciones dadas, por mucho que parezcan aparentes, y preguntarnos acerca de si las fórmulas lingüísticas utilizadas para explicar esto se corresponden con la realidad o no (de la misma forma que no aceptamos “el sol sale” por el horizonte, pese a que así se afirma en el lenguaje coloquial, sino que lo que se produce es un movimiento de rotación del eje de la tierra).

Sobre lo funcional y “disfuncional”

Se entiende por una función, en un sentido coloquial, como algo que tiene cierto fin, o que permite que algo llegue, de un paso “A” a otro “B” (quizás, por ello, algunas veces sea intercambiable al concepto de mecanismo). Cuando se habla de disfunción, entendemos que no se llega a tal fin, por lo que “no funciona” como debería. Es, en este sentido, una definición “finalista” (se espera llegar a cierto final que no se logra). Cuando hablamos de disfunciones de un órgano, pese a lo inespecífico del concepto, entendemos de qué se habla: un órgano del cuerpo no cumple su función biológica esperable de forma adecuada. El problema viene, quizás, cuando hablamos de una “disfunción” en la persona, o en sus mecanismos psicológicos, dado que existen diversos problemas a la hora de trasladar términos del ámbito biológico al psicológico.

Cuando hablamos de “lo psicológico”, las interacciones de un organismo con su medio tienden a “reificarse” en procesos internos mediante la internalización y/o cosificación de fenómenos psicológicos. El surgimiento y mantenimiento de estas explicaciones se sugiere que podría provenir de analogías mecanicistas originadas en el cartesianismo: si una máquina no funciona, es porque algo dentro de ella y/o sus mecanismos se hallan averiados (lo cual sería trasladable al funcionamiento y actos humanos). Sin embargo, son varias las críticas hacia esta perspectiva, como señala Roca i Balasch (2001). Muchos de los autores tradicionalmente asociados al ámbito de estudio de las funciones o “procesos cognitivos” hicieron un importante énfasis, olvidado o ignorado, en el cómo se desarrollan los procesos cognitivos, así como en su determinación social, como Luria y Vygotski. En su artículo desgrana una serie de críticas hacia la consideración de muchos fenómenos psicológicos como procesos internos, que no se va a exponer aquí para no desviarnos mucho del tema central, pero se remite al lector a dicho texto para una mejor comprensión de esta crítica.

La perspectiva analítico-funcional se propone como alternativa con el objetivo de superar, de una manera más parsimoniosa, las explicaciones internalistas, no clarificadas, o incluso deshumanizantes o estigmatizantes (concepción de la persona como una máquina, “rota” dentro de sí). Todo comportamiento presentaría una función, o se adapta a un contexto contingencial determinado. Entendemos por función: “relaciones de contingencia que constituyen relaciones de condicionalidad o circunstancialidad recíprocas entre los diversos elementos o instancias que participan en esta” (Ribes, 2004). Es decir, en estas relaciones participarían uno o varios estímulos, y una o varias respuestas. Podríamos  afirmar que carece de sentido hablar de comportamiento sin mencionar la función de este. Incluso que lo relevante, a un nivel psicológico, es precisamente esa función o relación de condicionalidad en sí misma. Al menos si se pretende explicar, controlar o predecir (razón por la cual muchas veces puede interpretarse función, o las variables de las que es función el comportamiento, en el sentido de causa de este). Dicho de otra forma: esta función no sería más, pero no por ello menos, que las variables ambientales de las que depende esa conducta, sea explícita o implícita, pública o privada. Por ejemplo, en el comportamiento operante, este sería función de sus consecuentes y antecedentes (lo mismo podría decirse si hablamos de conducta pavloviana o relacional). Así, evitamos una reificación o fisiologización innecesaria de lo que hacemos, y sus causas.

¿Tendría sentido, desde esta perspectiva, un comportamiento disfuncional? La respuesta es que no, no tendría sentido. Es decir, el comportamiento no podría ser disfuncional. Lo que no necesariamente ocurre es que este funcione en el sentido que nosotros esperamos, o en el sentido que la comunidad verbal espera de esa persona. Alguien que tras la vivencia de diversas experiencias aversivas se retrotrae de sus actividades cotidianas y deja de tener iniciativa para establecer contactos interpersonales no presenta un problema “disfuncional”. Lo que está llevando a cabo son comportamientos siempre con una función determinada, específicamente, un procedimiento de reforzamiento negativo, en el que se evitan situaciones que han sido aversivas en el pasado (junto a otros principios conductuales como podrían ser, por ejemplo, la generalización de estímulos discriminativos o condicionales que señalan la aparición de esas situaciones aversivas a una amplia diversidad de estímulos, o el condicionamiento de segundo grado a otros eventos). Lo mismo podría trasladarse al hablar de que una conducta es adaptativa o desadaptativa, en tanto que ésta siempre está adaptada a las contingencias dadas (lo que no quiere decir que se adapte a lo que otros esperan que pase, o que sea adaptativa en el sentido de facilitar la supervivencia de la especie, pero aquí ya estaríamos hablando de otra cosa).

Así pues, decir que un comportamiento es disfuncional no añade nada de interés sobre este, puesto que esta u otra adjetivización no cambia que siga rigiéndose por los mismos principios (es cuantitativamente diferente, pero cualitativamente igual). Lo único de lo que nos informa es acerca de que este no es “lo esperable” o lo que consideramos adecuado para esa persona. Hablamos, para este caso, más acerca de qué criterios sociales o normativos de ejecución cumple o no alcanza esa conducta, que de supuestas entidades internas o psicologismos. Esto, lo esperable del comportamiento de una persona, puede ser una meta u objetivo valioso a considerar, en tanto que nos dice hacia dónde dirigirnos (qué comportamientos traerían consecuencias deseadas por la persona a largo plazo), o cómo no debería estar comportándose, pero no nos ayuda a explicarlo o entenderlo, ni siquiera a describirlo, los cuales son un objetivo primordial de todo estudio y análisis psicológico del comportamiento.

Podría decirse algo no muy diferente para cuando hablamos de “regulación o desregulación emocional”. No habría una regulación o desregulación en sí, sino un manejo de contingencias, según las cuales el sujeto consigue emitir (o evitar emitir) conductas verbales o motoras de carácter emocional que constituyen un estándar deseado, por la persona o por su medio, y que probablemente le permitan alcanzar ciertos criterios normativos de ejecución en diversas situaciones (principalmente, interpersonales), así como acceder a nuevas fuentes de reforzamiento, y evitar fuentes de castigo. El problema, de nuevo, no estaría en supuestos bucles de información y retroalimentación internos, sino en un patrón determinado de interacción con el medio.

Como conclusión: no debemos confundir “funcional” con “lo normativo”, “valioso” o “racional”, puesto que son términos que designan diferentes realidades, y tienen distintas utilidades. En el primer caso, nos permite entender el comportamiento al relacionarlo con aquellas variables de las que depende y con las que covaría (en un sentido causal). En el segundo, nos permite identificar qué está faltando, o qué hay de problemático, en el comportamiento de alguien, o ver hacia dónde hemos de dirigir nuestra intervención (sobre qué criterios de eficacia, mejora o cambio se deban tomar, seguramente sea asunto de otro texto y de otra reflexión).

Referencias:

  • Roca i Balasch, J. (2001). Sobre el concepto de “proceso” cognitivo. Acta comportamentalia, 9, 21-30.
  • Ribes, E. (2004). Acerca de las funciones psicológicas. Un post-scriptum. Acta comportamentalia¸ 2, 117-127.

Autor: Juan Antonio Membrive Galera

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