Parece que, cuando hablamos de cerebro, en el lenguaje popular (pero a veces también en el divulgativo) hablamos acerca de un ente especial dentro de la persona. Al fin y al cabo, si antes se atribuía al alma, al corazón o a la mente el ser la fuente de las pasiones o razones del ser humano, en la actualidad todo ello parece quererse atribuir al funcionamiento autónomo de nuestro aparato nervioso. Y no en vano, puesto que disponemos de una ingente cantidad de estudios y revisiones científicas que encuentran relaciones entre la activación de áreas cerebrales y ciertos estados psicológicos y/o comportamientos. Igualmente, sabemos acerca de los efectos devastadores de ciertos daños en la masa cerebral sobre el comportamiento (desde el caso de Phineas Gage a cómo era la vida sin memoria para HM). Sin embargo, la popularización de este campo de estudio no ha estado exenta de problemas. Algunos autores como el catedrático Marino Pérez hablan de “cerebrocentrismo” (“la tendencia reduccionista consistente en explicar los asuntos humanos como cosa del cerebro”; Pérez, 2011). Bajo la tesis de este y otros autores, el problema no estaría en la neurociencia o la psicobiología en sí, sino en sus malos usos (reduccionismo), que conllevan un olvido o negación de la evidencia y teoría psicológica que la precede y sustenta. Podría afirmarse que la cuestión está en el cómo interpretamos estos datos sobre estructuras, activaciones cerebrales, neurotransmisores y hormonas, en relación con la evidencia disponible de la psicología científica (y, más concretamente, desde el ámbito del análisis de conducta), y en relación con la neurociencia en sí misma.

Bajo mi punto de vista, esta tarea de reconceptualización puede resumirse en 3 puntos, que son, a la vez, críticas y argumentos de reconstrucción para una relación diferente entre el ámbito de lo biológico y lo psicológico: (1) el cerebro como órgano moldeable por la experiencia, (2) los diferentes niveles de análisis y (3) lo biológico como variable disposicional.

En primer lugar, no se afirma nada descabellado si se parte desde la asunción (sustentada por la evidencia) de que el cerebro es algo moldeable por la experiencia (que no “plástico” como suele decirse, puesto que los plásticos, lejos de ser algo moldeable, tienden a endurecerse para cumplir su función, según expone Ribes (2011)). Una de las consecuencias de nuestra evolución como especie, a parte del desarrollo del cerebro, es el desarrollo de nuestra capacidad para aprender, ligada a tener un sistema nervioso y la capacidad de responder de forma diferencial al medio que este nos permite. Además de ser este (el estudio de los principios del aprendizaje) uno de los campos básicos de la psicología (tanto por ser principal, como por servir de base a otras evidencias), su estudio no le es ajeno a la neurociencia. Sabemos que quienes practican un instrumento durante años tienen un cerebro distinto a los que no (Gaser y Schlaug, 2003). Sabemos que ciertas variables psicosociales, como el aislamiento temprano, podrían dar cuenta de alteraciones neurofisiológicas similares a las ocurridas en la psicosis (al menos, en ratones) (Tidey y Miczek, 1996). Sabemos que la aparición de estresores durante la infancia tiene efectos sobre el desarrollo de alteraciones en estructuras cerebrales que, posteriormente, aparecen “alteradas” en la depresión (Frodl, 2010). Esto por poner algunos ejemplos. Constituye un error considerar, a priori, que alteraciones en el cerebro son la causa directa o única de un comportamiento, pues esto olvidaría: (1) el contexto en el que se da ese comportamiento (sin el cual el sistema nervioso no tendría información sobre el medio en el que el organismo va a actuar o se está viendo afectado), y (2) la historia de aprendizaje del organismo, la cual modificaría esos cerebros en función o en estructura. En este sentido, no es que vaya el aprendizaje por un lado y lo neurofisiológico por otro, sino que lo neurofisiológico posibilita, y a la vez se ve alterado, por el ambiente del sujeto a lo largo de su historia, así como por las conductas que este demanda. Quedarnos con que una persona siente anhedonia y tristeza porque «tiene poca serotonina» o porque «tiene hiperactivado el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal» es quedarnos con la mitad de la historia y obviar que, probablemente, estas alteraciones sean debidas a la exposición a ciertos eventos (en este caso, fundamentalmente, estresantes, como uno de los principales marcadores que determinan el desarrollo de un proceso depresivo), y a los patrones de comportamiento aprendidos para adecuarse a ese medio.

En segundo lugar está el asunto de los niveles de análisis. Dicho lo expuesto en el párrafo anterior, podría argumentarse, desde una postura reduccionista, que el comportamiento podría explicarse desde el estudio del cerebro y el sistema nervioso. Al fin y al cabo, este es la base sobre la que se sustenta todo aprendizaje y todo comportamiento, y si tuviésemos acceso a los procesos biológicos por los que la presentación apareada de un EC y un EI generan una potenciación a largo plazo en el hipocampo cerebral, ¿para qué necesitamos una teoría y terminología psicológica de ello? Es más: podría decirse lo mismo del estudio biológico, ¿por qué no reducirlo al químico, o al físico? Aquí, en esta reducción al absurdo (que a veces se hace real) es donde entran en juego los llamados «niveles de análisis». Cada ciencia posee su respectivo objeto de estudio, ya sean los objetos físicos, los organismos vivos o el comportamiento de estos organismos vivos. Estos objetos se explican, preferentemente, dentro de las leyes formuladas en su mismo campo, dado que resulta poco práctico, bastante inútil y, seguramente, injusto reducir este ámbito a otro nivel de análisis inferior (o superior). Probablemente, a ningún psicólogo, experimental o aplicado, le compensase estudiar o trabajar con los procesos y el cambio comportamental a un nivel biomolecular o neurofisiológico, por mucho que este pueda ser un ámbito interesante en sí mismo (esto es: el estudio de las bases neurofisiológicas del comportamiento, como complemento, pero no como reducción de la psicología). Adoptar esta posición reduccionista sería, además, obviar que, históricamente, el descubrimiento de nuevos procedimientos o procesos psicológicos no ha venido de la mano de indagaciones en la neurobiología del cerebro (aunque esto arroje otros resultados relevantes), sino de la investigación psicológica. Las investigaciones de Kandel sobre la biología de la memoria no habrían ocurrido si no hubiese sido por el descubrimiento y sistematización de los procesos de habituación, sensibilización y condicionamiento clásico.

En último lugar, ¿cómo estudiaríamos entonces lo cerebral, o lo biológico en general, dentro del ámbito de lo psicológico? Es obvio que, aunque el comportamiento necesite disponer de su propio campo de estudio, con su propia terminología, “no somos una tabla rasa”, así como no somos sin nuestra biología (salvo que uno se posicione en una perspectiva dualista). Se han establecido muchas propuestas desde la misma psicología, no siendo esta una cuestión irrelevante para la ciencia de la conducta. Dentro de estas, las que más éxito parecen haber tenido son las posturas intermediacionistas o mediacionales (esquema E-O-R). A estas propuestas se les pueden realizar varias críticas, como las llevadas a cabo en los primeros dos puntos, a saber, ignorar la historia de aprendizaje del sujeto, mientras esta se “reifica” a través de su pseudoexplicación en un estado cerebral, el cual es más una foto fija del estado actual que un esbozo del proceso por el que se llegó a ese estado y a la facilitación de que se produzca ese comportamiento a explicar. Sin embargo, no podemos, simplemente, ignorar “la biología del individuo”, puesto que, en muchas ocasiones, esta será relevante dentro de nuestra explicación del comportamiento, ya que implica limitaciones o cambios en los contactos del organismo con el medio, o bien esta no es resultado de la historia interactiva del individuo, sino que puede ser diferente por motivos genéticos (por ejemplo, síndrome de Down) o por motivos médicos: tener alguna enfermedad que limite las posibilidades operativas de ese organismo, desde algunas más “visibles” como limitaciones en la movilidad (perder una pierna o un brazo, ceguera) a otras que lo son menos, pero no por ello menos importantes (alteraciones neurológicas en autismo, hipotiroidismo, etcétera). Es por ello que se sugiere, dentro de un modelo psicológico de campo e interactivo, como el que propone el análisis funcional de la conducta (para una mayor información sobre esto, se puede consultar referencias como Miltenbenger (1996) o Segura, Barbado y Sánchez (1995)), entender la biología del organismo como una variable “disposicional”, la cual no causaría comportamientos, pero sí puede alterar el valor funcional de ciertos comportamientos y estímulos, así como la posibilidad de entrar en contacto con ellos, o su impedimento. Centrándonos en un ejemplo sencillo, el valor de un cuadro de un museo no es el mismo para una persona con problemas de visión que para alguien con su sistema visual intacto. En el caso de alguien ciego, ni siquiera podría entrar en contacto con estas contingencias. Tampoco será igual el aprendizaje de la lectura para quien necesite gafas correctoras de la visión, y no por hacer más efectivo el método de aprendizaje se aprenderá mejor.

Añadir que pueden exponerse otros argumentos adicionales para ser escépticos con el excesivo “cerebrocentrismo” aplicado a las explicaciones del comportamiento: (a) dado que no solemos tener acceso al funcionamiento del cerebro en nuestra práctica diaria, no tiene mucho sentido referirnos a supuestos procesos cerebrales desconocidos a la hora de trabajar con personas (con ciertas excepciones, como los casos donde se ha evidenciado un daño neurológico y sus causas orgánicas); (b) tener en consideración excesiva al cerebro y a las variables biológicas, en general, a veces va en detrimento de otras explicaciones basadas en la historia y contexto del sujeto, incluso dentro de la propia práctica de la psicología y sus profesionales; (c) puede trasladar una idea esencialista de la condición de la persona en base a “soy así por cómo es mi cerebro”, en contraposición a una concepción sujeta a cambios según la organización del ambiente y las contingencias a las que uno se expone, ya sea como expectativa o como opción viable para psicóloga/o y cliente.

Para finalizar, me gustaría señalar algunos apuntes sobre lo que se ha dicho acerca del ámbito neurobiológico, de forma que se evite interpretar estas críticas como un ataque al ámbito en sí o a la totalidad de lo aportado por este campo de estudio. Lo afirmado en este post no quiere decir que el cerebro sea trivial en la tarea de explicar el comportamiento, así como que lo sea la investigación en neurociencias. Todo lo contrario; se trata no sólo de un ámbito necesario, sino imprescindible dentro del mundo científico, con grandes perspectivas y utilidad para la sociedad. El problema no está en la neurociencia o en la biología en sí, sino en sus usos inadecuados (no por negativos, sino porque en el ámbito del comportamiento, la mayoría de las veces, hay explicaciones más adecuadas o que deberían ser dadas antes y de base a una explicación neurobiológica). Sería interesante la formulación de acercamientos del análisis de conducta y la neurociencia, tanto para el estudio de las bases neurofisiológicas del comportamiento, como para una definición de campos de estudio limítrofes, como ya han intentado algunos autores de forma reciente. Por ejemplo, el artículo “Behavior analysis and neuroscience: complementary disciplines” de Donahoe (2017), o “Neuroscience needs behavior” (Krakauer, 2017).

Referencias:

  • Ribes, E. (2011). El estudio científico de la conducta individual: una introducción a la teoría de la psicología.
  • Pérez, M. (2011). El mito del cerebro creador: cuerpo, conducta y cultura.
  • Gaser, C., Schlaug, G. (2003). Brain structures differ between musicians and non-musicians.
  • Tidey, J., Miczek (1996). Social Defeat Stress Selectively Alters Mesocorticolimbic Dopamine Release: An in Vivo Microdialysis Study.
  • Frodl, T., et al. (2010). Childhood Stress, Serotonin Transporter Gene and Brain Structures in Major Depression.
  • Krakauer, J., et al (2017). Neuroscience need behavior: correcting a reductionist bias.
  • Segura, M., Barbado, P., Sánchez, P. (1995). Análisis funcional de la conducta: un modelo explicativo.
  • Miltenbenger, R. (1996). Modificación de conducta: principios y procedimientos.
  • Donahoe, J. (2017). Behavior analysis and neuroscience: complementary disciplines.

Autor: Juan Antonio Membrive Galera

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