Cuando nuestros hijos e hijas no quieren ir al cole ni separarse de nosotros/as, se ponen muy nerviosos/as, se enfadan, se encuentran físicamente mal, manifiestan que algo malo puede suceder, tienen rabietas, se sienten tristes o se inhiben… tendríamos que estar alerta. Son los signos más evidentes de que algo está ocurriendo: ansiedad por separación.

El miedo o ansiedad ante la separación forma parte de lo normal durante el desarrollo. Es una reacción adaptativa a determinadas edades: en torno al 40% de la población infantil lo sufre y solo el 3-4% llega a ser disfuncional o problemático. Se trata de un mecanismo adaptativo que se pone en marcha con el fin de protegernos frente a los peligros que pudiesen ocurrir, más aún en la infancia. Al fin y al cabo, en esta etapa se trata de aprender a estar solos/as o sin la presencia de esa figura importante que suele estar continuamente presente en los primeros años de vida, lo cual es imprescindible en la conquista de la autonomía e independencia.

El problema surge cuando ese malestar o esas manifestaciones suponen una alteración frecuente, intensa y duradera en el día a día, que sufre nuestro/a hijo/a y su entorno familiar, social o escolar; cuando hay limitaciones en lo que se hace o se deja de hacer debido al problema que supone dejar a nuestro/a hijo/a, de las continuas referencias a lo mal que lo pasa o la necesidad de asegurarle de que nada malo va a pasar, y de los problemas que le afectan directamente, ya sea problemas a la hora de dormir o síntomas físicos.

En cada una de las edades en la que aparece, la forma en la que se manifiesta puede ser diferente. Con niños/as más pequeños/as, las manifestaciones suelen ser de tipo motor (llorar, patalear o gritar), frente a manifestaciones cognitivas en población preadolescente (pensamientos anticipatorios de que algo malo va a ocurrir o una preocupación excesiva).

¿Qué podemos hacer?

Acudir a un/a buen profesional de la psicología es fundamental en los casos más problemáticos o cuando la situación es lo suficientemente preocupante o incapacitante. La intervención en etapas tempranas es la mejor opción.

En líneas generales, y teniendo en cuenta que cada tratamiento es único por las particularidades de cada una de las personas que acuden a terapia y, en este caso, también por las propias características de la familia, las principales técnicas que se llevan a cabo a lo largo del abordaje terapéutico son:

  • La exposición a situaciones que generan malestar, de manera progresiva y acordada con el/la niño/a y la familia para que pueda aprender a gestionar sus miedos y su ansiedad poco a poco. Tomando como punto de partida que la terapia es un espacio seguro, podemos entrenar con el/la niño/a para enfrentarse a las situaciones temidas.
  • El modelado o la práctica en sesión de situaciones que resulten complejas, como si fuera un entrenamiento de cómo afrontar las situaciones cotidianas que más miedo le producen.
  • El manejo de contingencias, fundamentalmente dirigido a que la familia aprenda a reforzar las conductas adecuadas y que sea el/la propio/a niño/a quien se autorrefuerce.
  • Las técnicas de relajación, dirigidas a disminuir el nivel de activación.
  • La reestructuración cognitiva, enfocada en modificar pensamientos desadaptativos que están detrás del miedo intenso que siente.
  • Las autoinstrucciones, verbalizaciones dirigidas a uno/a mismo/a para dirigir nuestra conducta.

Si te has sentido reconocido/a en las situaciones que hemos descrito, no dudes en consultarnos y te ofreceremos la mejor ayuda posible para superar esta situación.

 

 

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