Antes de que el coronavirus hiciera aparición, vivíamos en una sociedad en la que la muerte se concebía como algo lejano. Tras esta pandemia, tanto la idea de la muerte como el hecho de que ocurra han cobrado especial relevancia.

Lo cierto es que poco nos gusta hablar de muerte, con razón. Es en sí misma un estímulo aversivo.

Hablar de muerte y de duelo es inevitable. Ya lo decíamos en el post de “Tres preguntas sobre el duelo”

el duelo es el proceso que atravesamos hasta adaptarnos a la nueva situación, en el que la pérdida de esa persona importante no supone un dolor tan intenso ni tan profundo, en el que ya no recordamos su ausencia a diario o en el que nuestra vida ya se vuelve a acomodar a la nueva realidad que vamos a vivir de ahora en adelante.

Ahora ese proceso se nos puede hacer aún más complicado: no hay despedida en muchos casos y no hemos podido estar con esa persona al final de su vida,

Y la muerte también es social, así que está faltando una parte importante.

Los ritos funerarios nos ayudan a iniciar el proceso de duelo, a empezar a reconocer emociones de forma conjunta y aseguran el apoyo social inmediato. Esto puede ser muy reforzante en ese momento inicial tan doloroso, y servir de aprendizaje para momentos futuros, en los que la expresión emocional, la comunicación y la búsqueda de apoyo social se convierten en variables fundamentales para asegurar la recuperación.

Si no podemos compartir eso con otros, esa parte en la que personas cercanas nos acompañan o acompañan a la persona fallecida, en la que nos sentimos apoyados, en la que compartimos recuerdos con otros, es probable que empiecen a surgir los problemas.

Borramos de un plumazo todos esos rituales y costumbres, todos los lloros (si los hay), la noche en vela (si la hay), las idas y venidas de gente (cercana y no tanto). Los primos lejanos, los amigos de la persona a los que no se conoce de nada pero se agradece la llegada, los abrazos, besos y muestras de afecto…

No hay ese comienzo, en el que de alguna manera nos preparamos para el día siguiente del fallecimiento, después del cansancio (si lo ha habido en los días anteriores), de la emoción, del dolor físico, de los recuerdos, de la pena. Toca empezar al día siguiente sin un hito, un contexto que hable de dolor y de despedida, y aquí nos podemos perder.

Y cuando esto no ocurre, por voluntad o por estas circunstancias, de alguna manera estamos favoreciendo la evitación del dolor. Estaríamos sembrando el caldo de cultivo perfecto para tener complicaciones posteriores por no habernos enfrentado a esas sensaciones o pensamientos dolorosos.

Para algunas personas puede ser bueno no contar con ese día, aunque aquí estaría bien valorar si es pura evitación de la situación complicada, como hemos dicho, o es un deseo expreso de la persona, un facilitador. Es decir, o hago como si no ha pasado nada y evito el hecho de que ha fallecido, o me gustaría que la despedida fuese mucho más personal o, incluso, no hubiese.

 

Entonces, en ese momento inicial, ¿qué debo hacer si fallece alguien cercano durante la crisis del coronavirus?

Es bastante insulso decir que no es obligatorio que hagas nada, no se supone que debes hacer nada y no es momento para pensar en lo que se espera que hagas. Vas a hacer lo que mejor te haga sentir o en el momento en el que lo puedas hacer. Ahora, al principio, cuidado con las exigencias.

Está claro que lo típico no se puede, no puedes reunirte con otras personas en el mismo lugar. Ahora todo es a distancia, si acaso. Pero la despedida no se vivirá igual.

Nos aporta control saber lo que se supone que debemos hacer, pero es que no hay nada inequívoco que se deba hacer en estos primeros momentos.

Otras cosas son las recomendaciones. En la medida de lo posible, contar con algún tipo de ritual puede facilitar que se empiece el proceso de mejor manera. Y si ese ritual puede implicar a otras personas, mejor. El contacto social, como hemos dicho, es reforzante de forma general y facilita la expresión de lo que sentimos y lo que necesitamos, alivia en parte el dolor y asegura que los demás puedan dar respuesta a eso que estamos manifestando. Algo que no ocurriría si estuviésemos solos.

Buscar formas de reunirse con otras personas y hablar de la persona fallecida, algún acto simbólico como encender una vela o escribir algún texto, buscar una fotografía… pueden ser ejemplos.

¿Y cuando sea posible reunirse?

Cuando ya haya opción de salir de esta situación de confinamiento y se autoricen las reuniones, se pueden retomar estos rituales o ceremonias presenciales, siempre que se consideren deseables y útiles. Y, en ese caso, habrá que planificar bien qué es lo que se quiere hacer y que sea lo más cercano posible a lo que quiere cada una de las personas cercanas a la persona fallecida.

 

Te animamos a que sigas leyendo “tres preguntas sobre el duelo” para resolver algunas de las preguntas más habituales sobre el proceso de duelo en momentos posteriores.

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