Hipocondría: ¿y si tuviera una enfermedad grave?

 

Los avances en medicina de los últimos 150 años han convertido el preocuparse por la salud en algo realmente útil. Además, en países avanzados con sistema de salud público prácticamente cualquier habitante puede utilizar servicios que en otros países le llevarían a la bancarrota. La esperanza de vida se ha disparado y la calidad de vida ha mejorado muchísimo. Todo esto es asombroso y positivo. Vamos a ver por qué, desde el punto de vista psicológico, esto puede ser motivo de problemas.

Se llama típicamente hipocondría a una preocupación constante, excesiva e intensa por sufrir enfermedades. Todo el mundo se preocupa de vez en cuando de si podría estar enfermo. Normalmente, cuando notamos que algo del cuerpo falla, buscamos atención médica y se despejan nuestras dudas o se establece un tratamiento. La mayoría de personas aprendemos a discernir qué señales requieren opinión médica y cuáles no. Otras, sin embargo, empiezan a sobreestimar la gravedad de estas señales o comienzan a tener pensamientos sobre enfermedades que podrían estar padeciendo sin saberlo. Y, lógicamente, sufren mucho por ello.

Las personas diagnosticadas como hipocondríacas a menudo exploran, de forma constante, su cuerpo en busca de algún signo de enfermedad: bultos, lunares, dolores, etcétera. El problema es que es muy difícil no encontrar algo que no nos cuadre; les animo a hacer la prueba. Revisen brazo, tórax o pierna y díganme si no han encontrado algo mínimamente sospechoso: un lunar más grande de lo que recordaban, un bultito, dolor al presionar un una zona, una mancha… En este sentido, los pensamientos que nos surjan pueden aumentar muchísimo la probabilidad de que demos con ese algo sospechoso. Porque la hipocondría rara vez aparece sin compañía de un tipo particular de pensamientos (hasta podríamos decir que esos pensamientos “son” la hipocondría). Frente a un bultito se puede pensar “será un bultito de grasa”. Frente a un lunar, “le echaré un ojo de vez en cuando a ver si crece”. Con el dolor, “volveré a revisarlo en unos días a ver si sigue ahí”. Pero una persona hipocondríaca probablemente pensaría “ese bulto es cáncer”, “ese lunar es una enfermedad grave” o “el dolor quizá sea esclerosis”. O sea, no son capaces de restarle importancia a las señales, e incluso las sobredimensionan; pero no por falta de información, sino más bien todo lo contrario. Es frecuente que estas personas hayan sido expuestas a mucha información médica, que sus padres se hayan preocupado constantemente por su salud en la infancia o que hayan padecido anteriormente una enfermedad grave. No es que quieran pensar así, es que no han podido aprender a pensar de otra manera. Esto repercutirá en una excesiva vigilancia hacia los síntomas, que poco a poco dificultará la adaptación a la vida diaria y podría crear problemas en el trabajo y relaciones familiares.

¿Y en qué puede ayudar la psicología clínica?

En primer lugar, como decimos siempre, a averiguar por qué la persona está teniendo el problema psicológico. Evaluando con detenimiento el pasado y presente es probable que sepamos a qué se debe el inicio y, también, por qué se mantiene dicho problema. Una vez evaluado, se podrán poner en marcha estrategias para la solución: la aplicación de técnicas de modificación de conducta para resolver lo que está produciendo sufrimiento hoy día. Si te has sentido identificado/a con algo de lo expuesto hasta aquí, estaremos encantados de ayudarte.

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